Juan Carlos Camaño,
presidente de la FELAP
“No existe democracia informativa ni democracia económica”
Agencia Nacional de Comunicación (ANC)
Madrid, martes 6 de marzo de 2007
El periodista argentino Juan Carlos Camaño, presidente de
la Federación Latinoamericana de Periodistas (FELAP), enfatizó que
“desde mitad de la década del setenta a nuestros días, hay claras
evidencias de que no existe la democracia informativa en la misma medida
que no existe la democracia económica, precisamente en tiempos en que
los medios de comunicación que responden a las clases dominantes son
parte constitutiva del poder real”.
“Ni más ni menos. Ni el cuarto poder, ni el primero por
sí solos, ni mucho menos, el contrapoder de sí mismos, sino parte
constitutiva del actual proceso de acumulación capitalista a escala
global, y parte fuertemente dinámica de las
pugnas intercapitalistas con
intereses transnacionales”, agregó Camaño en el marco de su
participación en la mesa sobre “Los medios de comunicación en un mundo
globalizado” del II Foro de las Ciudades, realizada en Fuenlabrada,
población ubicada a 20 kilómetros al sur de Madrid.
A continuación, el texto completo de la intervención de
Camaño en esa actividad:
Agradezco al Ayuntamiento de Fuenlabrada, a su señor
Alcalde, Manuel Robles Delgado, en particular, y a todas y todos quienes
han contribuido a la realización de este encuentro, por la invitación
hecha a la Federación Latinoamericana de Periodistas (FELAP).
Para la FELAP es una alta distinción estar aquí,
dispuesta a compartir una conversación, una discusión que, aun en la
discrepancia, nos convoca a ajustar la mira acerca de la realidad de
Latinoamérica y junto con esa realidad, a precisar cuál es el
significado de los medios de comunicación en un mundo globalizado.
Globalización neoliberal, agrego, que –según entiende la FELAP–, es
sencillamente criminal con, al menos, tres cuartas partes de la
humanidad.
Si me permiten, y dado que estamos hablando de
globalización, de medios de comunicación y, supongo, de vivir
actualizados, informados –y no apenas eso–, quiero compartir con ustedes
una inquietud vinculada con una deuda que –estimo– tenemos los hombres y
mujeres con responsabilidades de dirigentes en este momento histórico.
Unos días antes de emprender el viaje Buenos Aires-Madrid
leí en el diario Página/12 de la Argentina, un artículo firmado
por el periodista y poeta Juan Gelman, en el cual, bajo el título “Una
bomba política”, se decía, entre otras cosas, que el ex asesor de Jimmy
Carter, Zbigniew Brzezinski, declaró el pasado 1 de febrero ante la
audiencia pública del Comité de Relaciones Exteriores del Senado
estadounidense, que la invasión a Iraq –él dijo la guerra– “Es una
calamidad histórica, estratégica y moral”.
Gelman recordaba también en la nota que Brzezinski “fue
impulsor de la ayuda norteamericana a los talibanes cuando éstos eran
oposición del gobierno afgano pro URSS…”
Más adelante el artículo señala cómo avanzó Brzezinski
con sus preocupaciones hasta argumentar que Washington se propone atacar
a Irán a partir de un disparador que justificará la acción bélica
posterior. Habló, concretamente, de un autoatentado al interior del
territorio de EEUU. Gravísimo.
Nuevamente, entonces, me pregunté por qué, frente a
tantas mentiras y tantas matanzas, frente al armado de futuros –y
nuevos– genocidios, la FELAP todavía no había presentado ante los
organismos internacionales de derechos humanos y también ante los
gobiernos de los distintos países, una petición, un reclamo, una
exigencia, con la finalidad de que se considere juzgar, o se intente
hacerlo, al presidente de los EEUU., George W. Bush, como criminal de
guerra. Como lo que es. Sin ninguna duda.
Bien, no más que eso en torno a la cuestión. No es mi
intención abrir aquí debates por fuera de la agenda prevista.
Ahora yo debo hablar sobre “Los medios de comunicación en
un mundo globalizado” y fijar posición en cuanto a si los medios de
comunicación de masas son el “cuarto poder” o un “contrapoder”.
Antes es necesario, dado que hablamos de Latinoamérica,
hacer un elemental diseño del contexto previo del actual proceso de
cambio que, en términos políticos y sociales, se observa en América
Latina y el Caribe. Siempre atentos a que las palancas de la economía,
por lo general continúan respondiendo al modelo neoliberal impuesto a
partir de los años setenta.
Como sabemos –pero no está de más recordarlo– nos
referimos a un modelo afirmado sobre la base de asesinatos, la
desaparición forzada de personas, la tortura y las persecuciones
ideológicas, políticas y gremiales. Un modelo de sociedad ajustado a los
intereses de grupos de poder dominantes que apelaron al saqueo de los
recursos estratégicos de la gran mayoría de los países, aceitaron la
transferencia de ganancias hacia los centro de poder transnacional y
sometieron las políticas de Estado a los dictados de los organismos
financieros internacionales, en favor de las empresas multinacionales
monopólicas y de los ahora llamados fondos de inversión, o el poder en
las sombras.
Un modelo que, montado sobre cientos de miles de
cadáveres –a no olvidarse que el terrorismo de estado fue doctrina
garante de la expoliación– hizo crecer la desocupación masiva, la
extensión del trabajo basura y del salario basura, mientras se exaltaba
el individualismo pro atomización de las organizaciones colectivas de
trabajadores y se promovía la insolidaridad humana. Todo eso junto, y a
un mismo tiempo, como expresión indisimulable de lo que algunos llamamos
“fracaso del sistema de socialización capitalista”.
En esa realidad, que transcurre desde mitad de la década
del setenta a nuestros días, hay claras evidencias de que no existe la
democracia informativa en la misma medida que no existe la democracia
económica, precisamente en tiempos en que los medios de comunicación que
responden a las clases dominantes son parte constitutiva del poder real.
Ni más ni menos. Ni el cuarto poder, ni el primero por sí solos, ni
mucho menos, el contrapoder de sí mismos, sino parte constitutiva del
actual proceso de acumulación capitalista a escala global, y parte
fuertemente dinámica de las pugnas intercapitalistas con intereses
transnacionales. Bueno, aquí, con estas afirmaciones, aparece una
respuesta –si se quiere un poco esquemática– a la pregunta que anima
este panel.
Reitero: Ni cuarto poder, ni contrapoder. Parte
integrante plena, asociada o subordinada –no en todos los casos–, de los
monopolios diversificados en el campo de las tecnologías, la explotación
de los recursos naturales del planeta y la fabricación y
comercialización de armas, entre ellas, las de destrucción masiva.
En esta compleja dimensión de un mundo acorralado por
concepciones y prácticas depredadoras de la vida humana y del hábitat
global de las especies, la Federación Latinoamericana de Periodistas
desarrolla sus actividades, en una región que, durante treinta años, con
sus más y sus menos, se ha resistido a que el montaje neoliberal por
cancelar la historia tuviera éxito. La FELAP ha sido y es, entonces, una
organización activa en la lucha contra el neoliberalismo rabioso, el
capitalismo salvaje y la impunidad del poder económico y político, que
no trepida en matar o mandar a matar –en el ejercicio del crimen
organizado– a quien denuncie sus privilegios y arbitrariedades.
Organización, entre muchas y diversas de los pueblos que en la
resistencia hemos seguido construyendo la historia sin fin que derrotó
al pretendido fin de la historia.
La FELAP, sin perseguir gloria alguna, se reconoce como
un actor, entre tantos, de la lucha teórica y práctica contra el
pensamiento único y el discurso hegemónico, que pretendió –y pretende–
como paradigma de las relaciones de producción y socialización, poner al
mercado por encima de los seres humanos e, incluso, por encima de la
vida del planeta.
Agrego, pues: Latinoamérica y el Caribe, abordan hoy
distintos procesos de integración donde conviven –y no pocas veces mal
conviven– discursos neoliberales, en claro retroceso, una insistente
retórica antineoliberal, propuestas neodesarrollistas o neokeynesianas y
pronunciamientos a favor del socialismo.
Un escenario, convengamos, de discursos encontrados y
prácticas políticas –y en algunos casos políticas y económicas– que no
existía cinco años atrás. He ahí un cambio que explica al menos dos
cuestiones a saber: el fracaso del neoliberalismo en su objetivo de
establecer todas las reglas de juego. Aunque debamos admitir que todavía
controla y despliega las piezas vitales de la economía, las finanzas, de
la información-comunicación, de la industria cultural de masas y del
entretenimiento.
Y, por otro lado, como segunda cuestión clave del cambio
de escenario: la importancia de las resistencias de sectores organizados
del mundo del trabajo, organizaciones de masas con extendido alcance y
–en no pocos casos– control territorial, organizaciones de
profesionales, formaciones políticas, movimientos indigenistas, de
mujeres, de jóvenes, poblaciones enteras en la lucha por la vivienda y
el pan. Confrontados, todos, a las imposiciones de las clases dominantes
locales y multinacionales.
Brzezinski, a quien mencioné antes, por obra y gracia de
Gelman, dice en su libro “¿Dominación global o liderazgo global?” que,
cito: “El desorden mundial contemporáneo proviene (en un sentido más
amplio) de un nuevo hecho: el mundo actual se ha despertado
políticamente a la desigualdad de condiciones de los seres humanos”.
Otros hombres, otras mujeres, en otros tiempos y con otras palabras
provenientes de un pensamiento literalmente opuesto al del ex asesor del
presidente Carter, hubieran dicho que, con sus flujos y reflujos, la
lucha de clases es inevitable. Si se prefiere podríamos acordar aquí,
para no llamar lucha de clases a lo que se revela como tal, que las
tensiones en la lucha de intereses entre dominadores y dominados vive
nuevamente una etapa de exasperación y que por lo mismo el poder
dominante del mundo capitalista, en su continuo fracaso de garantizar
una sociedad para todos, eleva sus medidas represivas. La pregunta que
sigue consiste en saber si el único camino que le queda por delante será
similar al camino recorrido: “chorreando sangre y barro por todos sus
poros”, tal cual lo describiera Marx hace, por cierto, varios años.
Así lo precisaba recientemente el intelectual argentino
Atilio Borón, quien hasta hace pocos meses se desempeñaba como
Secretario Ejecutivo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO).
Borón, recuerdo, ya que en este lugar, por el tema que nos ocupa, viene
al caso, señala que Bill Gates “seguramente jamás trató con alguno de
los tres mil millones de personas que en el mundo nunca recibieron un
llamado telefónico”, aludiendo así –con fuertes críticas– a un dicho
insultante de Gates, cuando éste aseguró que lo maravilloso de la
autopista de la información consistía en que “la equidad virtual es
mucho más fácil de lograr que la equidad del mundo real (…) En el mundo
virtual todos somos criaturas iguales”.
Para no empalagarnos con semejante afirmación, sugiero
remitirnos a la UNESCO: “Poco más del 10 por ciento de la población
mundial accede a Internet. Estados Unidos y Europa concentran al 67 por
ciento de los usuarios y América Latina a no más del 4 por ciento”.
Sigamos tomando como fuente a la misma UNESCO, para
explicar en qué consiste la concentración monopólica de la
información-comunicación y de la industria cultural de masas y del
entretenimiento: EEUU predomina en la cinematografía a tal punto que el
92.5 por ciento de películas que circula libremente por el libre mercado
dentro de sus fronteras le pertenece. Así como le pertenece el 85 por
ciento de las películas difundidas en las salas de todo el mundo. Esto,
como las invasiones armadas contra la soberanía de las naciones y la
violación al derecho de autodeterminación de los pueblos, se conoce, en
el lenguaje del imperio mediático de Rupert Murdoch y sus amigos de la
política –caso José María Aznar, Tony Blair y George W. Bush–, con el
nombre de “libertad” y “democracia”.
Dice la UNESCO que “al proceso de concentración
tecnológica se agrega la reorganización monopolística de los mercados,
que subordina los circuitos nacionales a sistemas transnacionales de
producción y comercialización”. Y, reitera sistemáticamente, de manera
casi desesperada desde 1996 a esta parte que “la globalización entraña
un fuerte riesgo de uniformización de las culturas y de asimilación de
las obras de la mente con fines comerciales”. Desde 1996 al 2007
llevamos once años de agravamiento del problema. Casi en un pie de
igualdad –en materia de resultados negativos– con el drama de la
sobrevivencia humana, como consecuencia de la cada día más injusta
distribución de los ingresos y las riquezas.
Dice Alejandro Alfonso, Consejero de Comunicación e
Información de la UNESCO para América Latina, que “las ventajas de la
revolución tecnológica de la información están en la actualidad
desigualmente distribuidas entre los países desarrollados y en
desarrollo, así como en las sociedades”. Y alerta sobre la necesidad de
achicar cuanto antes la llamada brecha digital, ante el peligro de que
los rezagados –miles de millones de personas en el mundo– queden más
rezagados y los marginados “aún más marginados”.
En su Declaración Universal sobre Diversidad Cultural, en
el marco de la trigésima primera Conferencia General, que realizara hace
cinco años, la UNESCO abogó por “humanizar la globalización”. Sin
embargo, la realidad sigue obstinada en mostrar una América Latina que,
con una población total de 500 millones de habitantes, tiene a más de
250 millones de ellos en la pobreza, viviendo en condiciones
infrahumanas, como consecuencia de la aplicación sistemática de
políticas que benefician a unos pocos y denigran a los más. Y esto es
así porque existe acumulación monopólica de capital y explotación rapaz
y voraz del trabajo material e inmaterial, con la siempre viva
apropiación de la plusvalía creada por los trabajadores. Y como no se
trata de los resultados de ningún fenómeno natural o al imperio de
agentes extraterrestres, todo enmascaramiento tecnicista no es otra cosa
que un insulto a la dignidad humana.
Uno de los tantos funcionarios del Fondo Monetario
Internacional (FMI) que caminan el mundo justificaba hace dos semanas en
un encuentro sobre economía y problemas de desarrollo, celebrado en La
Habana, que al FMI se le había ido la mano en sus recomendaciones de
ajustes fiscales a base de la reducción de la inversión pública y el
gasto social en América Latina. Ese “se le fue la mano” significó –hay
que repetirlo y hasta gritarlo, porque parece inaudible– un genocidio
por planificación de la desigualdad.
Así de dura y cruda es la realidad de una región de este
mundo en la que las tensiones entre intereses opuestos, en el campo de
las luchas teóricas, políticas y sociales, dan por tierra con la
peregrina y pretendida idea de ponerle fin a la historia y las
ideologías. El mundo exasperado que tanto preocupa a Brzezinski está
delante de nuestros ojos, dentro de nuestras vidas, en la violencia
cotidiana y la explotación inhumana del trabajo, en las variadas formas
de discriminación, en el menoscabo a la educación y la salud para todos.
Hoy, altos porcentajes de las sociedades de la región, se
inclinan en el terreno electoral por candidatos a ejercer los poderes
legislativos y ejecutivos, cuyas propuestas políticas, económicas y
sociales, promuevan y garanticen la participación ciudadana, desde una
visión que oscila del centro a la izquierda. Dicho esto con los riesgos
que comporta fijar parámetros y categorías definidas en lo que va del
centro a la izquierda. Así, en la Argentina, Brasil, Chile, Uruguay,
Ecuador, Nicaragua, Bolivia, Venezuela, incluso México por encima del
sospechoso triunfo de un político de derecha.
Nuevamente agradezco esta invitación al debate de ideas,
a todas y todos por su atención y quedo a disposición de ustedes para
continuar intercambiando experiencias en el deseo que, estoy seguro,
compartimos: Que un mundo mejor sea posible, más temprano que tarde.
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