Argentina
La obediencia in-debida en el periodismo
Rodolfo Bracelli*
felap.info, Buenos Aires
viernes, 08 de febrero de 2008
En un mundo que traspapela los genocidios preventivos y en un país
tan acostumbrado a la impunidad de la desmemoria, celebrar no es
algo necesario, es algo imprescindible. 20 años de UTPBA merecen
celebración. ¿Tiene sentido celebrar? Si le damos sentido, tiene.
Antes de brindar a rajacincha, afrontemos el arduo peaje de la
reflexión autocrítica.
Arranquemos:
¿dónde estamos parados? Sobre un agujero con forma de mapa. Aquí no
quedaron ni los mástiles. Desgracia con suerte: ¿qué bandera
izaríamos? Espejo en mano, peguémonos una revisada: nos afanaron (y
nos dejamos afanar) el patrimonio nacional, las joyas de la abuela y
la abuela también. Pregunta: desde los medios y desde la faena
personal, ¿hasta qué punto nos ocupamos de esta devastación?
Poder Coagulante. Nuestra mentada democracia es un delgado hilo.
Ella no es adolescente, apenas si gatea. Prevalece aquello de que el
periodismo es el Cuarto Poder. El Cuarto Poder son las empresas. ¿No
es ya hora de que replanteemos nuestro rol hacia la necesidad de ser
un Poder Coagulante? ¿Coagulante de qué? De hechos sembradores de
democracia. Veamos: ¿qué pasaría hoy con esta democracia si aparece
un Blumberg convocando un aluvión de gente, justo en un momento de
estampida inflacionaria?
Sigamos. Esta Argentina tiene 4 (cuatro) clases sociales: los ricos,
cagados de espanto; los clase media, cagados de miedo; los pobres,
cagados de hambre, y los desgajados, ni cagados, porque para eso hay
que comer.
Toda democracia se sostiene mediante conciencia cívica. Estamos
sembrados de hambre, analfabetismo y analfabetización. Hambre +
analfabetización = desesperación.
La desesperación impide la conciencia. Al hambriento analfabetizado
le importa un carajo que haya democracia. Si algo remoto espera, es
la paternal Mano Fuerte. Demasiados clase media alentados por la
inseguridad, también. El periodista promedio da por descontado que
nuestra democracia está consolidada. Madremía. Nos sigue costando
entender la democracia como un insomnio.
Exitismo y derrotismo.
Fuimos criados con la convicción de que éramos los mejores del
mundo. La costumbre de tocar fondo nos enseñó por fin, que no éramos
eso. Pero enseguida nos consolamos sintiéndonos los más
inexplicables. Siempre los más. Esta enfermedad, la de ser los más,
viene siendo muy abonada por los medios de des-comunicación. Los
periodistas, ¿tenemos conciencia de esto? Televisión basura. Espejo
en mano, sigamos. Se volvió frecuente, comodidad, hablar de la
televisión basura. Pero si hay algo perfectamente distribuido entre
los medios televisivos, radiales y gráficos, es la basura. Cada cual
produce basura en la medida de sus posibilidades. Fuera de la
televisión, ¿algo se renovó? ¿Se habla, se escribe mejor? Ojo al
piojo: los periodistas, ¿luchamos por enfrentar la mentira de que al
lector hay que darle mierda porque quiere mierda?
Cuando se reduce la crítica a la televisión, escapamos por la
tangente. Escuchemos radio, leamos diarios y revistas. La escasez de
vocabulario denuncia un lenguaje ni siquiera perverso. ¿Y qué fue
del sujeto, verbo y predicado? ¿Suena a extravagancia? Tal vez
debiéramos hablar de vagancia extra.
Tanto perorar con la bendita ética, los periodistas debiéramos
revisar nuestras herramientas: ¿nos expresamos como debemos? La
ética empieza por casa: por ejemplo, la ética de la sintaxis. La
ética empieza por casa, y la corrupción también. Escalofriante
cantidad de comunicadores tartamudea. Aquí se impone Tarzán,
empuñando gerundios y con un vocabulario poblado de abundantes
carencias.
¿Y los periodistas partenaires, convertidos en sumisos grabadores?
¿Y la repregunta? ¿Y el orden de las preguntas que sí altera el
producto?
Convengamos: los gerentes del periodismo nunca podrán quitarnos
ciertas herramientas.
Salvo que decidamos resignarlas. No soslayemos lo crucial: la
libertad del periodista, cada día más acogotada, nunca es entera,
pero tenemos márgenes. ¿Los defendemos a diario?
La derecha, y el resto.
Nuestro emporio de derechas está despierto hasta cuando duerme.
Ellos usan a la democracia cuando hay democracia y a la dictadura
cuando hay dictadura. Las izquierdas tampoco.
Solemos decirnos de la izquierda argentina que es un incesante
archipiélago. ¿No es mucho decir? Por más fraccionado que esté, un
archipiélago es un conjunto. Las izquierdas aquí son más bien
esquirlas de una bomba que ni siquiera explotó.
Los sectores progresistas no necesitan que el mentado enemigo los
destruya, de eso se encargan ellos mismos. La autodestrucción es su
actividad casi excluyente. El resto es confundir estribillo con
ideología. Pregunta: quienes presumimos de hacer periodismo
comprometido, ¿funcionamos como un archipiélago signado por la
distracción y la dispersión?
¿Nos hemos acostumbrado a la mera actividad de ser “víctimas del
sistema”? No le aflojemos con las preguntas: ¿Nos están comiendo por
las patas o nos dejamos comer?
Periodismo progresista.
Dejemos de lado a los camaleones obvios. Hay, entre no-so-tros, una
asquerosa cantidad de mutantes abonados al corso oportunero de
cuanta solicitada de protesta haya. Pero la pasaron macanudo en los
años de la criminal dictadura. Pasó con el Mundial del ‘78, aquella
obscena “fiesta de todos” sobre un velatorio de miles. Por caso:
autodenominados progresistas hicieron la vista gorda con aquel
Menotti que se abrazaba, muuuy sonriente, con el dictador torturador
Galtieri. Un día después blanqueaba conciencia abrazando a Mercedes
Sosa. Las fotos no mienten.
Cuántos exultantes prestigiosos periodistas progresistas han hecho
del oportunismo un modo de vida. No nos vayamos de la verdad
traspapelada de nuestros marginados archivos. Distingamos: entre los
intereses de los medios de des-comunicación y el aporte fervoroso de
tantos ubicuos escribas y comentaristas. El caso Malvinas. Siempre
lo escondimos, como a la basura, abajo de la alfombra patria.
Necesitamos el 25º aniversario para maquillar nuestras turbias
conciencias. Los aniversarios son una especie de Viagra
periodístico. Una vez más, exitismo y derrotismo. La guerra por
Malvinas fue una des-guerra. Una vergüenza consumada por un puñado
de militares, valientes de escritorio, héroes etílicos que salieron
ilesos.
Pregunta: como sociedad, ¿nos engañaron o nos dejamos engañar? Más
allá de la inevitable censura, ¿acaso los medios y prestigiosos
periodistas no contribuyeron, con entusiasmada obsecuencia, a ese
estado colectivo de irresponsable euforia que mutó en vergonzante
depresión? Los muchachos fueron despreciados como parias, y más de
400 suicidados.
Claro, perdieron el mundial de Malvinas. Y aquí, no ser campeón
mundial de algo, significa ser un pelotudo. Los militares quisieron
entrar a la historia sin control de alcoholemia. Los medios y
enfáticos periodistas hicieron también lo suyo. Ojo al piojo: ¿nos
conformaremos también nosotros con el “yo cumplo órdenes”?
El ahorismo. La
inseguridad y el miedo, talón de Aquiles de la democracia. No se
trata de ocultar la realidad, pero tampoco de crear sensación de fin
del mundo. ¿Cuánto contribuimos nosotros, periodistas, a ese
ahorismo que consiste en
echarle toda la culpa al presente? Entonces, el pasado se niega y el
presente se vuelve insoportable. “Nunca se vio algo así”, una
inocente frase alimentada por el terrorismo de los medios de
des-comunicación. Y nosotros, empleados periodistas, ¿qué podemos
hacer? Por empezar alertarnos sobre cómo viene esa mano que le hace
el caldo gordo a los Patti y Rico y Bussi, a los Sobisch y Blumberg
y Macri…
Se argumentará que en este planteo subyace un mensaje ideológico.
Seguro que sí. ¿Acaso no lo hay por parte de quienes
fogonean el miedo y el
“aquí ya no se puede vivir”?
Los patrones son dueños de los medios, pero nosotros somos dueños de
nuestros deditos, palabras, adjetivos. Tengamos cuidado: no
extraviemos las pequeñas herramientas primordiales. La sensación de
fin del mundo es el salvoconducto que usaron todas las dictaduras,
sin la legitimidad de las urnas, pero con el consentimiento de
civiles.
La censura, la distracción.
Todos somos guardabarreras de alguien. Los periodistas, ni hablar.
Para ocasionar daños sociales no hace falta ser perversos o
tendenciosos, suficiente con estar distraídos.
Aparte de la autocensura para sobrevivir, revisemos nuestras
distracciones profesionales. Dicho de modo menos cordial: ¿Estamos
despiertos? Veamos: ¿cuántos sentidos tenemos? ¿Cinco? Quién sabe.
¿Cuántos usamos y en qué porcentaje? Cuando el uso de los sentidos
es tan limitado, se nos diluye la realidad explícita y la realidad
subterránea. Y éste es el punto: la distracción es hermana de la
indiferencia. Y la indiferencia es la forma más fácil y menos
riesgosa de la complicidad: es el plancton donde abreva la
impunidad. Finalmente, la distracción es peor que la censura.
El Hamlet argentino.
En esta patria idolatrada la cuestión no es ser o no ser. Vivimos
una renovada persecución de la pura apariencia. No es casual que
aquí el carisma sea prioritario en dirigentes, políticos o no
políticos, que nos representan aunque no nos representen.
Inteligencia, laboriosidad, imaginación y decencia no valen si se
carece de carisma, virtud excluyente.
Consecuencia: para el Hamlet argentino la cuestión es parecer o no
ser. Más allá de la responsabilidad de los medios de
des-comunicación, pregunta: ¿cuánto hemos contribuido los
periodistas, con nuestros entusiasmos fugaces y sospechosas
distracciones, a la renovada apoteosis de la mera apariencia que se
traduce en este conato de nación? Banalidad, vacuidad y frivolidad,
tres vicios distintos y un solo dios verdadero. Parecer o no ser.
La comodidad del rehén. Decididos a la autocrítica alumbradora,
¿alguna vez afrontaremos el libro de la Obediencia In-debida en el
periodismo? Es muy cierto que en estos años de esclavitud nombrada
globalización, somos rehenes de nuestro pan de cada día. Pero hay
matices (desaforados matices) que indican que muchos periodistas
obedecieron y obedecen con repugnante entusiasmo.
Entre nos, la des-solidaridad tiene la densidad de una costumbre. Es
cierto que somos rehenes, pero no es menos cierto que prevalece la
comodidad de ser rehenes. ¿Será que nos acostumbramos a ser
víctimas? Cuando eso pasa el enemigo puede dormir tranquilo, le
ahorramos el trabajo.
En este arduo peaje para el brindis, aprendámonos. No le escapemos
al espejo. Dependemos, sí, de muchos factores, pero, antes y después
de todo, dependemos de nosotros.
Lo menos que podemos hacer es estar despiertos. No seamos rehenes de
nuestra abulia. Para qué morirnos en vida, si hemos de morirnos con
la muerte? Que la queja entre nos, no sea una coartada
tranquilizadora de conciencias. Que la digestión no sea nuestra
única actividad cívica. Que nuestra rebeldía no se reduzca al acto
de eructar con disimulo.
(ANC-UTPBA)
* Del libro “Entre el deseo y la realidad” del Observatorio de
Medios-UTPBA (Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires).