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Uribe en Europa
Jorge Gómez Barata*
felap.info, La Habana
viernes, 25 de enero de 2008
Los repudiados atentados del 11/S fueron para Estados Unidos una alerta
acerca de la necesidad de reforzar sus defensas, una excusa
para
aplicar una estrategia mundial de lucha contra el terrorismo y, de paso,
criminalizar la lucha revolucionaria. El ataque a Nueva York la más
cosmopolita y culturalmente diversa de las urbes del mundo, corazón de
la América bohemia y opulenta, alarmó a la sociedad norteamericana que
se preguntó: ¿Por qué nos odian tanto?
El ataque y la paranoia de seguridad que le siguió, proporcionó los
pretextos que la administración ultraconservadora y reaccionaria de
George W. Bush necesitaba para aplicar contra la población
norteamericana métodos de control policíaco inéditos, limitaciones
desconocidas e invasión de la privacidad. Después del 11 de Septiembre
los Estados Unidos fueron más
inseguros y sus ciudadanos menos libres.
Conmovidos y aterrados los estadounidenses, otorgaron a la
administración todos los poderes solicitados. Bush se volvió el más
popular de los presidentes norteamericanos desde que Truman arrasó a
Hiroshima y Nagasaki. Sensibilizados por la necesidad de preservar y
engañados haciéndoles creer que de ese modo castigaban a los culpables,
los ciudadanos, la prensa y el congreso endosaron las medidas de
vigilancia y apoyaron las aventuras militares que el gobierno emprendió
en Afganistán e Irak.
Leyes patrióticas, de Comisiones Militares, acuerdos del Congreso y
decisiones del Tribunal Supremo, respaldaron la actuación del gobierno,
los servicios especiales y las fuerzas armadas que, fueron más allá de
lo autorizado y crearon centros de tortura y cárceles clandestinas,
traficaron ilegalmente con prisioneros en vuelos secretos y desplegaron
prácticas represivas, incluyendo torturas, no menos repudiables que los
atentados que presuntamente le dieron origen.
Una de las medidas de entonces fue la elaboración de las famosas listas
de individuos, organizaciones terroristas y países implicados en ese
fenómeno. Los Estados villanos y los ejes del mal nacieron al amparo de
tan desafortunada coyuntura.
Desde entonces el término terrorista cambió su significado y de elemento
descriptivo de la naturaleza criminal y los métodos ilegítimos de
determinadas organizaciones, se convirtió en una categoría que sirve de
base a una nomenclatura que al aplicarse da lugar a una serie de
connotaciones prácticas asociadas a la vigencia de las leyes patrióticas
y otros actos para la represión del terrorismo.
Desde entonces se trata de un tecnicismo manipulable con fines políticos
que prohíbe a los bancos, líneas aéreas y entidades de todo tipo,
incluso a los países, realizar transacciones o negocios con individuos u
organizaciones incluidas en las listas, incluso legitima la aplicación
contra ellas de formas extremas de represión. Desde entonces, las listas
de terroristas se convirtieron en un instrumento para la criminalización
de organizaciones que, aunque por la naturaleza de su lucha, practican
cierto género de violencia, no son necesariamente terroristas, entre
ellas las que optan o son obligadas a la lucha armada.
Aunque es incuestionable que las tácticas de las FARC se degradaron al
acudir a la injustificada e inútil práctica de tomar rehenes civiles y
mantenerlos cautivos, su historial no es el de una organización
terrorista, calificativo que apresuradamente le otorgaron no los
colombianos sino los norteamericanos que las incluyeron en sus listas,
razón de más para que los europeos hicieran exactamente lo mismo.
Aunque la gira europea de Uribe aporta poco a la solución del drama de
Colombia, sirve sin embargo para probar la coherencia con que actúan el
imperio, sus aliados y los clientes. La frivolidad con que los gobiernos
visitados y las autoridades de la Unión Europea trataron el asunto con
el presidente colombiano evidencia que no solo no lo entienden, sino que
tampoco les interesa, procurando únicamente la sintonía con Washington.
En ese orden de cosas las palmas son para Javier Solana que, sin ninguna
reflexión, en torno a un problema de enorme complejidad, que acarrea
grandes sufrimientos humanos y plantea urgentes problemas de seguridad
para la región, sin un solo argumento y escuchando sólo a una parte,
entregó un cheque en blanco: “Uribe −afirmó el responsable de la
política exterior y de seguridad de la Unión Europea−, tiene nuestro
apoyo en la batalla en que está implicado contra el terrorismo…”; por su
parte el Primer Ministro español, Rodríguez Zapatero fue categórico:
“Aquí nos tienes incondicionalmente”.
La magnitud y urgencia del problema no aconseja excluir a ningún
interlocutor y todas las ayudas son bienvenidas. En un ambiente donde
falta diálogo y avenencia entre las partes, lo que se necesita es
colaboración y sensatez para de conjunto encontrar una solución que
transite por caminos diferentes a la violencia armada y excluya acciones
repudiables.
Al perder independencia, Europa se ha vuelto torpe y predecible. El
farolazo de Solana y la complacencia de Zapatero no les sirven de
nada a los rehenes ni acercan la paz a Colombia, se trata de poses
histriónicas y sobreactuadas, buenas para nada. Más que bravuconadas
se necesitan acciones constructivas, dicho sea de paso, de todas las
partes, incluidas las FARC. 
* El periodista, investigador y profesor cubano Jorge Gómez Barata es
autor de numerosos estudios sobre EEUU.
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