FEDERACIÓN LATINOAMERICANA
DE PERIODISTAS


Chile
A 35 años del Pinochetazo… venales y héroes en el periodismo chileno

Hernán Uribe*
felap.info, Santiago de Chile
miércoles, 24 de septiembre de 2008

José Carrasco Tapia, asesinado el ocho de septiembre de 1986, fue el último de 25 periodistas cuya matanza inició la dictadura de Augusto Pinochet el mismo día del golpe de Estado de 1973. Sólo tres décadas después pudo saberse con exactitud que además 323 informadores sufrieron prisión política y torturas como ocurrió también con otros 35 mil chilenos. Investigaciones anteriores determinaron que unos cinco mil chilenos fueron ejecutados, léase, asesinados.

Esos datos y otros detalles macabros se encuentran en el Informe sobre Prisión Política y Tortura emitido en noviembre de 2004 por una comisión gubernamental que, empero, fue presidida por el obispo católico Sergio Valech. Aquella abierta criminalidad y el silencio en torno a ella fue posible, entre varios factores, “por el total control de los medios de comunicación e inclusive en el activo apoyo por parte de los diversos medios escritos y de televisión a la acción del gobierno militar” apunta textualmente ese documento. “Los medios anuentes con las políticas del nuevo régimen, fueron factores que abrieron paso a una de las crueles represiones conocidas en la historia del país”, remarca.

 Las denuncias constantes de entidades como la Federación Latinoamericana de Periodistas (FELAP), que se iniciaron en 1976, fueron plenamente confirmadas por la Comisión Valech al expresar que “el golpe militar constituyó uno de los hitos más dramáticos para el periodismo de las últimas cuatro décadas, con graves repercusiones para los derechos y la integridad física de muchos chilenos”. Al tenor del Informe:

La Junta Militar instauró el control total de los medios de comunicación.

● Los pocos medios autorizados fueron sometidos a censura.

● La dictadura procedió a clausurar la prensa escrita y las radioemisoras que fueran partidarias o respaldaban al gobierno constitucional de Allende.

Como es conocido, el plan para derribar el sistema constitucional y democrático en Chile comenzó con la creación de condiciones previas como el desabastecimiento alimenticio y la materialización de acciones terroristas, incluidos asesinatos. En esa confabulación participaron también los medios de comunicación existentes y algunos que se crearon ex profeso con dineros aportados por la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA, sigla en inglés) todo lo cual se encuentra refrendado en un documento del Senado estadounidense, el Informe Church.

Varios confabulados fueron periodistas. El autor de este artículo era en 1973 miembro de la directiva nacional del Colegio de Periodistas y debe confesar que no percibió que el presidente y la vicepresidenta de la institución, Carlos Sepúlveda y María Eugenia Oyarzún, eran miembros del complot pues actuaban con la misma faz traidora de su jefe, Augusto Pinochet. Al día siguiente del golpe, Sepúlveda asumió como director del diario gubernamental La Nación al cual llamaron La Patria. Oyarzún fue designada, a dedo, alcaldesa de Santiago y luego representante chilena ante la OEA. Todo ello mientras sus colegas eran asesinados, encarcelados y torturados.

Una “Comisión de Prensa” se creó en secreto como coadyuvante de los golpistas. En ella actuaron los antes mencionados y fue presidida por Federico Willoughby (FW) quien estaba ligado directamente con la CIA. Materializado el golpe, FW se convirtió en el asesor de prensa de Pinochet. En 1990, la directiva del Colegio de Periodistas visitó a Patricio Aylwin, primer Jefe de Estado electo post tiranía. Quien nos recibió para introducirnos al despacho presidencial fue ese mismo Willoughby quien oficiaba ahora también de Secretario de Prensa del flamante presidente. Ese hecho fue una suerte de confirmación acerca de que la salida de Pinochet del poder –que fue efecto en primer lugar de la lucha popular– incluyó asimismo un pacto del partido Demócrata Cristiano con Washington en el sentido de mantener el sistema neoliberalista que había sido impuesto a sangre y fuego.

El aparato burocrático que se creó para una política (des) informativa se llamó Dirección Nacional de Comunicación Social (DINACOS) y fue la continuación de la Comisión FW antes mencionada. Puesto que no existía en absoluto una prensa opositora, la acción de DINACOS que filtraba noticias falsas y elaboraba truculencias, estaba enfilada hacia las mentes de quienes eran receptores de mensajes supuestamente noticiosos. Toda esa propaganda estaba plagada de una repetida terminología calificadora del “enemigo”: guerrilleros, subversivos, apátridas, vende patrias coludidos con el marxismo internacional y el comunismo soviético (sic).

La Comisión Tortura rememora que desde el mismo día 11 de Septiembre, bandos de los golpistas amenazaron a los medios con aplicarles la fuerza si difundían “noticias no confirmadas por la Junta del Gobierno Militar”. Agrega que la prensa pro dictadura presentó las labores de represión como “cruzadas contra la delincuencia denigrando así a las figuras opositoras mediante su presunta asociación con acciones delictivas”. Todos los casos de vulgares homicidios fueron presentados durante 15 años como “enfrentamientos” para dar la impresión de que existía una inexistente lucha armada.

DINACOS y los periodistas a su servicio fabricaron dos libros apócrifos, “Plan Zeta” y “Libro Blanco” que, como fueron inventados, contienen descomunales falsedades, aunque en esos días nadie podía refutarlas. Más tarde, cuando comenzaron las condenas en Naciones Unidas por la brutal violación de los derechos humanos, la tiranía intentó justificar los asesinatos de 119 opositores con la afirmación absurda de que se trataba de “purgas internas”… Para ese propósito se editó en Curitiba, Brasil, un supuesto periódico O Dia (25-6-1975) y en Buenos Aires (Argentina) se publicó una falsa revista Lea. Ambos “medios” contenían la mentira de las purgas y aunque fueron de una sola edición, sirvieron a la prensa chilena como “fuente” para afirmar: “Feroz purga entre marxistas chilenos” (diario La Tercera) o “Exterminan como ratas a miristas” (vespertino La Segunda). Este montaje en el que colaboraron los aparatos represivos de otros países es conocido como el “Plan Colombo”.

En 2008, 35 años después del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 con duración hasta 1990, varios de los responsables de los crímenes, militares, policías militarizados y civiles, se encuentran en prisión o reos en juicios que aún carecen de sentencia. Sin embargo, los cómplices civiles gozan de buena salud y varios de ellos son miembros del parlamento o concejales en municipios y jamás han optado por entregar siquiera una explicación.

El único organismo no castrense y al margen del Poder Judicial que ha actuado cuando menos en el plano moral ha sido el Colegio de Periodistas que juzgó ante el Tribunal de Ética a quienes en la etapa dictatorial fueron colaboradores directos en la difusión y justificación de los delitos antes reseñados. Todos recibieron sanciones y además el Colegio se excusó ante los familiares de las víctimas.

* El autor, Hernán Uribe, periodista y escritor chileno, es Presidente de la Comisión Investigadora de Atentados a Periodistas (CIAP) de la federación Latinoamericana de Periodistas (FELAP).

www.felap.info

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