Chile
11 de septiembre de 1973: Un corresponsal extranjero el día del
golpe
Víctor Osorio Reyes*
felap.info, Santiago
11 de septiembre de 2008
El 11 de septiembre de 1973, las tropas del Ejército tomaron por
asalto las oficinas de la Agencia Informativa Latinoamericana Prensa
Latina, de Cuba, en el centro de Santiago. Allí estaba parte de los
cubanos que llegaron a Chile durante el Gobierno de la UP y que se
convirtieron en mito, fantasma y pesadilla para la oposición de
centro-derecha.
El periodista argentino-cubano Jorge Timossi –en quien se inspiró
Joaquín Salvador Lavado, “Quino”, para la creación de Felipe, el
amigo de Mafalda– era entonces el corresponsal jefe.
El joven reportero Jorge Luna Mendoza llegó muy temprano ese día a
la oficina, ubicada en el piso 11 (el último) de un antiguo edificio
en Unión Central, hoy Bombero Ossa, casi esquina con Ahumada.
Aquella experiencia fue determinante para su vida. Peruano de
nacimiento, terminó cubano por adopción. “Aquí también comencé a
transformarme en un periodista en forma”, comenta. Desde entonces
desarrolló una destacada carrera, como corresponsal de Prensa Latina
en diferentes lugares del mundo.
Hace casi dos años, regresó por primera vez a Santiago, ahora como
corresponsal-jefe de la oficina. Estos son algunos de los recuerdos
que compartió con Crónica
Digital.
Hace 35 años
La corresponsalía se encontraba conformada ese día, aparte de Luna y
Timossi, por los chilenos Omar Sepúlveda y Orlando Contreras, y los
cubanos Mario Mainadé y Pedro Lobaina. Otros trabajadores de la
oficina no pudieron llegar, pero habían compartido con ellos labores
durante los aciagos tres años del Gobierno de Salvador Allende.
La primera noticia de lo que ocurría llegó a medianoche y la recibió
por vía telefónica Mainadé, que cumplía su turno de guardia de
redacción. Una voz grave le informó: “Ha comenzado el golpe”.
“A partir de allí, en la oficina quedábamos sujetos a cualquier
agresión, pero decidimos quedarnos a cumplir con nuestro deber
profesional y solidario. Hicimos todo lo que fue posible con el
télex y el teléfono para enfrentar el bloqueo de la información”,
relata Luna.
Los aparatos y las máquinas de escribir los mantenían en el suelo,
bajo las mesas, con el objeto de prevenir la acción de los
helicópteros militares que disparaban hacia los edificios para
acallar a los francotiradores.
Luna intentó fotografiar los tanques, con medio cuerpo fuera del
balcón, y Timossi tuvo que gritarle que dejara de hacerlo.
Al mediodía, luego del bombardeo de La Moneda, “un grupo de 21
soldados, al mando de un sargento, irrumpieron –al parecer por
error– en la oficina buscando los redactores de la revista Punto
Final, que quedaba en nuestro mismo piso, en circunstancias que los
colegas de ese medio hacía por lo menos 48 horas que ya no aparecían
por ahí”.
Los soldados “se mostraban muy nerviosos, preguntaban qué era Prensa
Latina, sin reparar en las fotografías y afiches en las paredes del
comandante Fidel Castro o del Che Guevara. Fueron tres las
revisiones, mientras reducían a escombros todo el mobiliario de la
vecina revista Punto Final”.
A Contreras y Lobaina, “los hicieron parar en el balcón de la
oficina, expuestos, como fórmula de detener los disparos de
francotiradores”.
Otro de los momentos de tensión ocurrió cuando los soldados
rastrillaron sus armas y los apuntaron a la cabeza al descubrir en
un cajón un paquete “sospechoso”, hasta que comprobaron que sólo era
una máquina para picar carne comprada por la redactora chilena Elena
Acuña, quien se había retirado de la oficina poco antes.
Una de las imágenes que Luna nunca pudo olvidar ocurrió esa noche
después del toque de queda. La oficina estaba a oscuras. De pronto,
escucharon el ruido de los motores de los ascensores del edificio.
Alguien estaba subiendo. La sangre se les heló en las venas. Los
aparatos ya no cesaron más de moverse.
A Luna correspondió “la primera guardia con Omar, que hablaba
rapidísimo y que, una y otra vez, repetía que el ruido ‘me pone los
huevos de corbata’. No le entendí la frase, hasta que me explicó su
significado. Los otros colegas también brincaban con el zumbido,
aunque se suponía que dormían para relevarnos más tarde”.
Al día siguiente, por la tarde, partieron hacia la Embajada de Cuba
y allí vivieron el acoso militar, incluyendo el intercambio de
disparos con las tropas. Y, luego, a La Habana.
De la experiencia periodística en Chile nació un libro, “Grandes
Alamedas. El Combate del Presidente Allende”, publicado por Timossi,
y una crónica, “Las últimas horas de La Moneda”, que Prensa Latina
pudo difundir sólo el jueves 13, pues la clausura de las
comunicaciones con el exterior dispuesta por la Junta impidió su
transmisión. Sólo posible darlo a conocer al mundo cuando llegaron a
la capital cubana.

* El autor, Víctor Osorio Reyes, es director
periodístico de Crónica
Digital.