Cuba
Para no olvidar a las víctimas de la tortura
Manuel E. Yepe
felap.info, La Habana
jueves, 25 de junio de 2009
“No
obstante el impresionante marco jurídico e institucional establecido
para impedir la tortura, ésta sigue siendo una práctica ampliamente
tolerada o incluso utilizada por los gobiernos, y todavía existe
impunidad para sus perpetradores”.
Así
lo admitió el Secretario General de las
Naciones Unidas en
el llamamiento que, como cada año, emite la
organización mundial desde
que
la Asamblea General, en su resolución 52/149 de 12 de
diciembre de 1997,
proclamó
el
26 de junio como Día Internacional de apoyo a las víctimas de la
tortura.
Por
mucho tiempo se atribuyó un origen autóctono a la práctica tan
extendida y uniforme de métodos represivos crueles, en especial la
tortura de detenidos, en las cárceles y cuarteles militares de
América Latina, durante la segunda mitad del pasado siglo.
Hoy
nadie duda de dónde partieron las acciones y conceptos que
divorciaron a los pueblos latinoamericanos de sus soldados y
convirtieron a la tortura en práctica cotidiana contra los pueblos.
Cuando trascendieron a la opinión pública internacional las noticias
–fotos incluidas– sobre torturas y otros tratos inhumanos contra
prisioneros que las fuerzas armadas de Estados Unidos venían
aplicando en las cárceles de Irak y en el centro de detención de
sospechosos que tienen en la zona de la bahía de Guantánamo que
ilegalmente ocupan en Cuba, comenzaron a ganar crédito las viejas
denuncias que señalan el origen del fenómeno en la Escuela
de la Américas establecida en 1946, en Panamá.
Por aquella época, en 1947, se creó también la CIA, Agencia Central de
Inteligencia, tenebrosa organización criminal oficial del gobierno
de los Estados Unidos que ha escrito en la región, y en el mundo,
una de las más sucias historias de abuso, barbarie y terror que haya
conocido la humanidad.
Hasta 1963, la Escuela de las Américas se denominó División Terrestre del
Centro Latinoamericano de Adiestramiento (Latin American
Training Center - Ground Division), y debía servir para el
entrenamiento de los dirigentes militares actuantes y la formación
de los nuevos líderes que requirieran los ejércitos del continente.
A partir del triunfo de la revolución cubana en 1959, la Escuela de las
Américas asumió una responsabilidad más precisa, emanada del fracaso
que lo ocurrido en la isla había representado para la estrategia que
el centro encarnaba: ahora debía servir para entrenar los cuadros
llamados a evitar que el ejemplo cubano se extendiera por el
continente.
El espacio para la “democracia representativa” disminuyó sensiblemente y
la implantación de dictaduras militares proliferó por toda América
Latina. No se respetaron tradiciones democráticas como las de Chile
y Uruguay, ni las dimensiones de mega naciones como Argentina y
Brasil.
A la Escuela de las Américas correspondió un importante papel en esta
política de mano dura que tuvo su expresión más tétrica en la
“Operación Cóndor”, a la que aportó la preparación de cuadros, la
organización de escuadrones de la muerte contra insurgentes y el
diseño de técnicas de interrogatorio y torturas.
Varios dictadores, jefes de policía y torturadores connotados que jugaron
destacados papeles en la Operación Cóndor procedían de la Escuela de
las Américas. Muchos de sus profesores y asesores participaron en
esa guerra sucia contra Latinoamérica.
En 1984 la Escuela de las Américas fue trasladada al Fuerte Benning, en
Columbus, Georgia, a raíz los acuerdos Torrijos-Carter y la firma
del Tratado del Canal de Panamá.
En el año 2001, a
causa del gigantesco volumen de denuncias que desde 1999 venían
llegando al Congreso estadounidense por el contenido de los manuales
de tortura con que se entrenaban los estudiantes de la Escuela de
Las Américas, le fue denegado el permiso para operar a la Escuela.
El Pentágono “disciplinadamente” cambió el nombre a la institución, que
pasó a llamarse Instituto de Cooperación para la Seguridad del
Hemisferio Occidental (Western Hemisphere Institute for Security
Cooperation) y efectuó algunos cambios cosméticos llamados a
disimular los aspectos más graves de las violaciones de los derechos
humanos que allí tenían lugar.
Hoy existe un debate en Norteamérica acerca de si los casos de torturas
en las cárceles secretas deben ser tratados como información
confidencial y el mundo está presenciando el insólito hecho de que
Richard Cheney, vicepresidente de la nación hasta hace pocos meses,
defienda abiertamente el uso de la tortura contra prisioneros e
incluso pida mayor publicidad para los logros que derivan para el
país de esos tratos inhumanos, a fin de procurar una mayor
aceptación popular para esos tormentos.
Más allá de la denuncia y la protesta contra el fenómeno, el mundo
debía también preocuparse por salvar a otra víctima de la tortura:
la población estadounidense, que está siendo degradada moralmente
por intermedio de la multitud de jóvenes soldados de esa nación que
son obligados a aplicar suplicios a otros seres humanos, o
entrenados para ello.
