Puerto Rico
La avaricia del gran capital
Papo Coss
felap.info, San Juan
viernes, 26 de junio de 2009
“Hemos sembrado la esperanza en los valores de la bolsa,
mientras desvalorizamos las acciones de nuestra
propia humanidad”. Jorge Carvajal Posada
La avaricia se ha convertido en el valor supremo de una
clase social minoritaria, que controla los medios de
producción y el gran capital a nivel mundial.
Este sector privilegiado se niega a aceptar su
responsabilidad social empresarial y rechaza los llamados a
contribuir justamente al bien común, cuyos intereses han
sido representados históricamente por el Estado.
Por eso, la preocupación ante la crisis económica mundial de
los magnates de las multinacionales, de los bonistas y de
los inversionistas más poderosos, es el índice de la bolsa
de valores y el nivel de sus ganancias, sin preocuparse por
el desarrollo humano de sus semejantes como la alimentación,
la educación, la salud, la vivienda y los empleos.
De ahí que más de la mitad del planeta viva en la pobreza en
los países subdesarrollados del África, Asia y América
Latina, del llamado Tercer Mundo. Según estadísticas de la
ONU, solamente diez multinacionales dominan toda la
distribución de alimentos a nivel mundial y el 20% de los
países más ricos controlan el 80% de la producción
alimentaria.
Son estos grandes intereses los que han impulsado “el
neoliberalismo y la globalización” para apoderarse de todos
los mercados, incluyendo los servicios públicos como la
energía, el agua y la salud. En Puerto Rico, las
experiencias negativas de la Puerto Rico Telephone Company,
la Compañía de Aguas Ondeo y la Reforma de Salud, son solo
una muestra del desastre privatizador.
Para estas multinacionales, lo esencial es el crecimiento
desmedido del consumo. Ellas se dedican a producir en masa
explotando los recursos naturales de los países más pobres y
pagando salarios de miseria o muy por debajo del valor real
del trabajo. Por eso, en su ideario capitalista,
productividad y eficiencia es igual al aumento de sus
ganancias y nada más.
No importa que el consumo provoque graves calamidades en
nuestra salud, como la grasa saturada de los restaurantes de
comida rápida, la contaminación del ambiente por el exceso
de automóviles y la proliferación de las guerras que sólo
beneficia al complejo militar industrial. Para el gran
capital, el objetivo supremo es que aumenten sus ventas y
sus dividendos, aunque se afecte la vida misma.
Por eso en Puerto Rico, los inversionistas de Wall Street
insisten en el despido masivo de empleados públicos, la
privatización y el aumento de arbitrios y del IVU.
Además, se oponen a eliminar temporeramente las exenciones
contributivas a las multinacionales que expatrian más de
treinta y cinco mil millones de dólares anuales. El 10% de
esos fondos resolverían el problema fiscal del gobierno, que
es lo que pagan en Singapur e Irlanda.
¿Por qué las corporaciones extranjeras aportan menos de la
mitad al erario que los individuos, no cumplen con los
decretos de empleos, ni pagan contribuciones? ¿Por qué no se
les exige que aporten de sus exorbitantes ganancias de
capital y se prefiere pedirle mayores sacrificios a los que
menos tienen?
Sin embargo, la situación actual nos brinda una oportunidad
de reenfocarnos en una agenda puertorriqueña solidaria,
fundamentada en el bien común y el respeto a la naturaleza.
Organicemos la esperanza, a través de un nuevo modelo de
país donde la soberanía, la democracia participativa, la
justicia social y el desarrollo sustentable, nos permitan
rescatar nuestros valores humanos.
Es hora de ponerle un detente a la avaricia de los bonistas
foráneos y de las multinacionales que controlan nuestra
economía.

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