Puerto Rico
Sobre Honduras y por la memoria de los héroes
Marcos Reyes Dávila
felap.info, Humacao
jueves, 02 de julio de 2009
El último domingo de junio amaneció amarillo de vergüenza,
de una vergüenza pálida que azotó por sorpresa el recuerdo
de aquellos días siniestros de hace décadas, acosados por
los golpes militares sufridos contra una América indefensa.
En menos de 24 horas reaccionaban esta vez los países
hermanos, comenzando con el grupo del ALBA, y antes de 48
horas presenciamos ya un pueblo heroico que enfrentaba
desarmado, pero henchido de dignidad y valor, a las fuerzas
armadas hondureñas, mientras TeleSur transmitía desde
Nicaragua la conferencia luminosamente insólita que reunió a
un número considerable de jefes de estado de toda Nuestra
América con el propósito de apoyar al presidente José Manuel
Zelaya, secuestrado y expulsado por 200 hombres cobardemente
encapuchados y armados hasta los dientes. Por encima de las
notables diferencias de idiosincracia cultural que hicieron
evidentes los discursos, varios de los presidentes
articularon pronunciamientos verdaderamente memorables. Allí
estuvo la figura legendaria de Raúl Castro irradiando el
prestigio de toda una vida invicta de lucha, para
recordarnos que hay cosas que se afirman sobre la mesa
mientras se hacen otras por debajo. Al respecto de ello,
supimos al otro día, por ejemplo, que el gobierno de Obama
no ha descontinuado la ayuda militar a las Fuerzas Armadas
golpistas, aparente incongruencia que no nos sorprende, pues
aunque alguien haya podido comparar al indio boliviano, hoy
presidente, con el hombre de color norteamericano, hoy
presidente, lo cierto es, y no puede ser de otra manera, que
Obama preside un imperio que no renunciará a serlo, mientras
que Evo Morales representa íntegramente a la comunidad de
sus Andes.
Lo más memorable de esa transmisión históricamente sublime
de TeleSur –que ha opacado y, además, ha puesto en evidencia
los manejos turbios de CNN en español– fue, no obstante, el
discurso del presidente Zelaya. No por la oratoria, sino por
el carácter y la correcta postura, a la altura de las graves
circunstancias.
Zelaya comenzó hablando de la brutalidad de su arresto y de
su expulsión, pero terminó apuntando lo que era imperativo,
pues el golpe no es un asalto personal contra él sino contra
el pueblo de Honduras que al defender a su presidente electo
defiende su soberanía ultrajada. Los golpistas hablan de la
continuidad de la democracia porque aseguran que la
democracia y el poder están anclados en su interpretación
personal del texto de su constitución; Zelaya, y con él
todos los presidentes de la América nuestra, le responden
que, aunque la constitución recoja la soberanía de los
pueblos, lo hace vicariamente, puesto que la soberanía
verdadera está en el pueblo. La situación hondureña nos
recuerda con contundencia que es necesario poner en la
agenda por la lucha democrática de todos nuestros países el
problema de la poderosa participación conspirativa que los
medios de comunicación han tenido últimamente en estas
usurpaciones totalitarias, y la necesidad de garantizar que
esos medios de comunicación respondan a las necesidades
democráticas de nuestros pueblos. Recordemos los casos
recientes de Venezuela y de Bolivia. ¿Qué respondería ese
presidencillo sietemesino impuesto si se le preguntara que
haría si el pueblo hondureño reeligiera a Zelaya en
noviembre, en dieciembre o cuando fuera: obedecer la letra
de la ley, o
obedecer la voluntad soberana de su pueblo?
Regresando a Zelaya, hay que señalar además que dio un paso
insólito de heroísmo: anunció su inmediato regreso a un país
cuyas autoridades lo tienen por proscrito. A nuestro juicio,
Zelaya nos da una lección de sol que coloca la crisis de
Honduras en un plano de altura insospechada. Pues no se
trata ya de convertir a Zelaya en paradigma de la
democracia: se trata de convertir esta lucha del pueblo de
Honduras por la libertad en la verdadera conmemoración del
bicentenario de las luchas por la independencia y soberanía
de nuestros pueblos. No es Bolívar, sino los pueblos de
Bolívar; no es Hidalgo, sino los pueblos de México; no es
San Martín, sino los pueblos del Cono Sur; no es Zelaya,
sino el pueblo de Honduras y los pueblos
centroamericanos y caribeños.
Mirando la transmisión de TeleSur de esa reunión de
presidentes, me pasó por la mente imaginar allí a Kenneth
McClintosh, Secretario de Estado, o a Luis Fortuño,
gobernador de Puerto Rico, y ocurrió, en mi mente, una
especie de explosión que rechazó la ridícula pretensión.
Aunque nuestros pueblos están lejos de alcanzar un consenso
ideológico cohesivo y coherente, lo cierto es que a grosso
modo, el bloque continental se ha movido hacia la unidad,
inspirado tanto en la convergencia de los intereses
regionales como en la conciencia de que esos intereses se
oponen a otros bloques interés, distantes, pero
invariablemente al acecho como las fieras. Mas, en lo que
concierne al bloque de países más cercanos, tanto en el sur
como en Centroamérica, la ideología ha revitalizado a
figuras como Bolívar, a Martí, a Sandino, vinculándolas,
como han hecho con tanto éxito los cubanos, con las
urgencias, demandas y estrategias no sólo antimperialistas,
sino socialistas, pues en cada caso se procura rescatar a
los más pobres, gobernar para los históricamente marginados
y desposeídos. José Arsenio Torres, mi antiguo maestro de
filosofía, ni siquiera me prestará oídos, pues enseguida,
tras apuntar que eso está passé, y no es posmoderno, me
preguntará qué diría Aristóteles del presidente Chávez, y no
coincidiremos. Y escapará a la atención de los
neocolonialistas del país un hecho incontrovertible: este
siglo XXI
brilla por el rescate de esa ideología revolucionaria en
muchos de nuestros países, y pululan sus fulgores, aquí y
allá, donde aún no prevalece. Y en todos los casos la lucha
revolucionaria se apoya en los pueblos marginados, pero
mayoritarios. Y en todos los casos esa lucha se opone a las
oligarquías, a los terratenientes, a los mayordomos del
imperialismo extranjero. Y eliminan el analfabetismo, y
reparten la salud y la riqueza, y las fuerzas armas se ponen
al lado, justo al lado, de sus pueblos. Con una utopía
iluminándoles la mirada, se ponen, hostosianamente, a forjar
el porvenir latinoamericano.
Por su parte, Puerto Rico, tal parece, quedará completamente
al margen de las celebraciones de una de las conquistas más
importantes de la humanidad. Hundidos en el olvido, y
humillados, quizás seamos incapaces de hacerles comprender a
los países bolivarianos que Puerto Rico estaba en la agenda
de Bolívar, y que esta colonia pone de relieve una agenda
continental inconclusa que deberían retomar nuestros pueblos
precisamente ahora, en honor a la memoria de Bolívar, como
en honor a Martí lo ha hecho consistentemente el pueblo de
Cuba. Recuerde el pueblo dominicano a Luperón, a Duarte, a
Juan Bosch –en su centenario–, a Hostos. Los mejores
hombres, en todos y cada uno de los países de la América
Nuestra, tuvieron a Puerto Rico anotado en los apuros de sus
agendas. España, por su parte –tanto la Corona como el
PSOE–, mantiene una obligación histórica que no puede
enajenar por más que quiera. Olvidar esta colonia impotente
es traicionar la memoria de la democracia y de la libertad,
y la de los héroes que las encarnaron en todos nuestros
pueblos.

Correo-e: marcos.reyes@upr.edu
www.felap.info