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Marcos Reyes Dávila
Marcos Reyes Dávila
Crítico, catedrático de Literatura de la Universidad de Puerto Rico en Humacao y poeta nacido en Puerto Rico en 1952. Autor de una abundante obra crítica enfocada en dos aspectos principales: la obra de Eugenio María de Hostos y la poesía puertorriqueña. Dirige la revista Exégesis de la UPR-Humacao.

Puerto Rico
Sobre Honduras y por la memoria de los héroes

Marcos Reyes Dávila
felap.info, Humacao
jueves, 02 de julio de 2009

El último domingo de junio amaneció amarillo de vergüenza, de una vergüenza pálida que azotó por sorpresa el recuerdo de aquellos días siniestros de hace décadas, acosados por los golpes militares sufridos contra una América indefensa. En menos de 24 horas reaccionaban esta vez los países hermanos, comenzando con el grupo del ALBA, y antes de 48 horas presenciamos ya un pueblo heroico que enfrentaba desarmado, pero henchido de dignidad y valor, a las fuerzas armadas hondureñas, mientras TeleSur transmitía desde Nicaragua la conferencia luminosamente insólita que reunió a un número considerable de jefes de estado de toda Nuestra América con el propósito de apoyar al presidente José Manuel Zelaya, secuestrado y expulsado por 200 hombres cobardemente encapuchados y armados hasta los dientes. Por encima de las notables diferencias de idiosincracia cultural que hicieron evidentes los discursos, varios de los presidentes articularon pronunciamientos verdaderamente memorables. Allí estuvo la figura legendaria de Raúl Castro irradiando el prestigio de toda una vida invicta de lucha, para recordarnos que hay cosas que se afirman sobre la mesa mientras se hacen otras por debajo. Al respecto de ello, supimos al otro día, por ejemplo, que el gobierno de Obama no ha descontinuado la ayuda militar a las Fuerzas Armadas golpistas, aparente incongruencia que no nos sorprende, pues aunque alguien haya podido comparar al indio boliviano, hoy presidente, con el hombre de color norteamericano, hoy presidente, lo cierto es, y no puede ser de otra manera, que Obama preside un imperio que no renunciará a serlo, mientras que Evo Morales representa íntegramente a la comunidad de sus Andes.

Lo más memorable de esa transmisión históricamente sublime de TeleSur –que ha opacado y, además, ha puesto en evidencia los manejos turbios de CNN en español– fue, no obstante, el discurso del presidente Zelaya. No por la oratoria, sino por el carácter y la correcta postura, a la altura de las graves circunstancias.

Zelaya comenzó hablando de la brutalidad de su arresto y de su expulsión, pero terminó apuntando lo que era imperativo, pues el golpe no es un asalto personal contra él sino contra el pueblo de Honduras que al defender a su presidente electo defiende su soberanía ultrajada. Los golpistas hablan de la continuidad de la democracia porque aseguran que la democracia y el poder están anclados en su interpretación personal del texto de su constitución; Zelaya, y con él todos los presidentes de la América nuestra, le responden que, aunque la constitución recoja la soberanía de los pueblos, lo hace vicariamente, puesto que la soberanía verdadera está en el pueblo. La situación hondureña nos recuerda con contundencia que es necesario poner en la agenda por la lucha democrática de todos nuestros países el problema de la poderosa participación conspirativa que los medios de comunicación han tenido últimamente en estas usurpaciones totalitarias, y la necesidad de garantizar que esos medios de comunicación respondan a las necesidades democráticas de nuestros pueblos. Recordemos los casos recientes de Venezuela y de Bolivia. ¿Qué respondería ese presidencillo sietemesino impuesto si se le preguntara que haría si el pueblo hondureño reeligiera a Zelaya en noviembre, en dieciembre o cuando fuera: obedecer la letra de la ley,  o obedecer la voluntad soberana de su pueblo?

Regresando a Zelaya, hay que señalar además que dio un paso insólito de heroísmo: anunció su inmediato regreso a un país cuyas autoridades lo tienen por proscrito. A nuestro juicio, Zelaya nos da una lección de sol que coloca la crisis de Honduras en un plano de altura insospechada. Pues no se trata ya de convertir a Zelaya en paradigma de la democracia: se trata de convertir esta lucha del pueblo de Honduras por la libertad en la verdadera conmemoración del bicentenario de las luchas por la independencia y soberanía de nuestros pueblos. No es Bolívar, sino los pueblos de Bolívar; no es Hidalgo, sino los pueblos de México; no es San Martín, sino los pueblos del Cono Sur; no es Zelaya, sino el pueblo de Honduras y los pueblos  centroamericanos y caribeños.

Mirando la transmisión de TeleSur de esa reunión de presidentes, me pasó por la mente imaginar allí a Kenneth McClintosh, Secretario de Estado, o a Luis Fortuño, gobernador de Puerto Rico, y ocurrió, en mi mente, una especie de explosión que rechazó la ridícula pretensión. 

Aunque nuestros pueblos están lejos de alcanzar un consenso ideológico cohesivo y coherente, lo cierto es que a grosso modo, el bloque continental se ha movido hacia la unidad, inspirado tanto en la convergencia de los intereses regionales como en la conciencia de que esos intereses se oponen a otros bloques interés, distantes, pero invariablemente al acecho como las fieras. Mas, en lo que concierne al bloque de países más cercanos, tanto en el sur como en Centroamérica, la ideología ha revitalizado a figuras como Bolívar, a Martí, a Sandino, vinculándolas, como han hecho con tanto éxito los cubanos, con las urgencias, demandas y estrategias no sólo antimperialistas, sino socialistas, pues en cada caso se procura rescatar a los más pobres, gobernar para los históricamente marginados y desposeídos. José Arsenio Torres, mi antiguo maestro de filosofía, ni siquiera me prestará oídos, pues enseguida, tras apuntar que eso está passé, y no es posmoderno, me preguntará qué diría Aristóteles del presidente Chávez, y no coincidiremos. Y escapará a la atención de los neocolonialistas del país un hecho incontrovertible: este siglo XXI  brilla por el rescate de esa ideología revolucionaria en muchos de nuestros países, y pululan sus fulgores, aquí y allá, donde aún no prevalece. Y en todos los casos la lucha revolucionaria se apoya en los pueblos marginados, pero mayoritarios. Y en todos los casos esa lucha se opone a las oligarquías, a los terratenientes, a los mayordomos del imperialismo extranjero. Y eliminan el analfabetismo, y reparten la salud y la riqueza, y las fuerzas armas se ponen al lado, justo al lado, de sus pueblos. Con una utopía iluminándoles la mirada, se ponen, hostosianamente, a forjar el porvenir latinoamericano. 

Por su parte, Puerto Rico, tal parece, quedará completamente al margen de las celebraciones de una de las conquistas más importantes de la humanidad. Hundidos en el olvido, y humillados, quizás seamos incapaces de hacerles comprender a los países bolivarianos que Puerto Rico estaba en la agenda de Bolívar, y que esta colonia pone de relieve una agenda continental inconclusa que deberían retomar nuestros pueblos precisamente ahora, en honor a la memoria de Bolívar, como en honor a Martí lo ha hecho consistentemente el pueblo de Cuba. Recuerde el pueblo dominicano a Luperón, a Duarte, a Juan Bosch –en su centenario–, a Hostos. Los mejores hombres, en todos y cada uno de los países de la América Nuestra, tuvieron a Puerto Rico anotado en los apuros de sus agendas. España, por su parte –tanto la Corona como el PSOE–, mantiene una obligación histórica que no puede enajenar por más que quiera. Olvidar esta colonia impotente es traicionar la memoria de la democracia y de la libertad, y la de los héroes que las encarnaron en todos nuestros pueblos. Ir al tope

Correo-e: marcos.reyes@upr.edu

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