Argentina
Del Muro de Berlín a las andanzas de la SIP: Libertad
liberal
Juan Carlos Camaño
felap.info, Buenos Aires
miércoles, 11 de noviembre de 2009
La foto, no se
sabe si retocada, no deja de ser impactante: por lo
colorida, por los fuegos de artificio, por las pantallas
gigantes y la iluminación cayendo artísticamente sobre la Puerta de Brandeburgo. “El
mundo –así aseguraron los medios de comunicación–
celebró la caída
del Muro de Berlín”. Es de suponer que “El mundo” citado,
nada tiene que ver con ese “otro mundo” lleno de muros,
“doquiera que tú vayas” (bolero). Y también es de imaginar
que ante tanto festejo –con el “chupa cirio”, dijera un ateo
irredento, de Lech Walesa incluido– a nadie se le habrán
cruzado por la cabeza pequeñeces tipo opresiones,
migraciones, indigentes, “indocumentados”, ni –por supuesto–
las ya admitidas
sucursales de torturas con que la CIA regó, no hace tanto, a
varios países de Europa –también del Este– para garantizar
una mejor calidad de vida a quienes –en hora buena– nunca
han padecido hambre, desempleo y otras miserias tan comunes
en ese “otro mundo” conformado por las tres cuartas partes
de la humanidad.
Ni hablar de lo
conmovedor del escenario si le sumamos
–porque así ocurrió–
la lluvia y la helada tarde alemana, en la que miles de
personas –con buenos abrigos y mejores impermeables, menos
mal– aplaudieron a rabiar mientras comenzaba el desplome
simbólico, de una en fila, de cada pieza del dominó gigante.
Si no hubiera sido por los esfuerzos de producción al
especificar el punto geográfico de los fastos y la alusión a
los 20 años transcurridos, cualquier distraído hubiera
creído que estaba ante el montaje de una ironía
dedicada a la muralla que separa a Estados Unidos de México.
Pero, en aras de la libertad liberal, ningún gesto, ningún
discurso, ni un solo detalle, estuvieron fuera de lugar. Si
hoy los países de Europa del Este –ex comunistas– viven peor
que hace dos décadas no es cuestión de andar plantándole
pruebas falsas a viejos asesinos seriales del estilo de los
Bush, la Tatcher y un grupo de
demócratas europeos
que, en tiempos de
crisis “financieras”, andan a los saltos rogando no
quedar sepultados bajo los escombros escupidos desde Wall
Street.
Bien, tengamos la
fiesta en paz. No han sido días para los recuerdos
bochornosos del presente. Convengamos –sin ánimo de aguar
aún más la celebración de marras– que no es, ni será,
sencillo para nadie enmascarar unos cuantos “daños
colaterales” producidos en invasiones posteriores a la caída
del Muro de Berlín. Y, acordemos, para no empañar la bonita
puesta en escena, que los muros de este tiempo se condicen
con la necesidad de ponerle límites a gentes que, al fin y
al cabo, no sólo no entienden la libertad liberal, sino que,
para mal de males, no se proponen entenderla. Digámoslo como
podrían llegar a decirlo algunos “demócratas” neonazis: los
muros de la actualidad son obras de la vocación libertaria
de aquellos próceres que acabaron con el Muro de Berlín. Es
sabido que no se puede satisfacer a todos, o al menos no a
tres cuartas partes de la humanidad, al “otro” mundo. La
libertad liberal no está para eso, sino para, entre otras
cuestiones, que no decaiga la tasa de ganancia del gran
capital. Tareas son tareas.
Que quede claro.
Especialmente que le quede claro a
aquellos luchadores sociales que no cesan con su sed de
justicia.
La libertad
liberal, dicen sus beneficiarios, con sus altos y bajos, si
no se anda buscando el pelo en la leche, “es para todos”. Un
dato valdría para reforzar el concepto: más de ciento
ochenta canales de televisión disponibles para el disfrute
de quien se lo proponga, sea de la condición social que sea,
es –todavía con la tecnología por debajo de sus
incalculables potencialidades–,
un
ejercicio
de libertad
incomparable. Un hambriento, con las tripas musicalizándole
el estómago, puede, si le dan las fuerzas y es de su gusto,
elegir su libertad de hacer zapping, en ejercicio de sus más
elementales derechos humanos. Más o menos algo así reza la
SIP.
Viene a cuento,
aunque con pocas palabras, no dejar pasar por alto el paso
de la Sociedad Interamericana
de Prensa (SIP) por Buenos Aires. La entidad distribuyó, a
manera de sagradas escrituras, unas viejas y archiconocidas
fotocopias referidas a la libertad de prensa. Sí, a la
libertad liberal: obviamente opuesta a la mayoría de los
gobiernos de la región, los que, junto con muchas
organizaciones profesionales de periodismo y comunicación y
organizaciones sociales dispuestas a no callarse, vienen
configurando un nuevo mapa político-comunicacional, en el
que se manifiestan –en algunos casos sin ninguna gimnasia
teórica– las líneas rectoras del nunca olvidado Informe MacBride.
Es verdad
que la libertad liberal presiona hasta ahogar y es verdad
que, así y todo, no
se priva de festejar sus gestas históricas, atribuyéndose el
don de dar y quitar la vida y la palabra. Algo que no es del
gusto de miles de millones de seres humanos. De ahí que
sigan creciendo las controversias, por decirlo de manera
suave; cuando en verdad lo que más crece es la indignación
frente a las injusticias y la burla proveniente de los
poderes fácticos: preanuncio de que las cosas, por encima de
los festejos de Brandeburgo, habrán de terminar peor de lo
que van. O mejor. Depende del cristal con que se mire.

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