Argentina
En Haití, no sólo el terremoto huele a azufre
Juan Carlos Camaño
felap.info, Buenos Aires
lunes, 08 de febrero de 2010
Dos veces Hugo Chávez dijo en el “púlpito” de las Naciones Unidas: “Este
lugar huele a azufre”. La primera, refiriéndose a George W.
Bush; la segunda apuntándole a Barack Obama. No exageró
antes, ni se equivocó después.
Ambos –Bush y Obama–, más William Clinton, se muestran juntos, unidos en
lo esencial, invadiendo “humanitariamente” Haití.
Aprovechándose, asquerosamente, del espanto que devuelven
las imágenes de la “solidaria” CNN, en un país y un pueblo
devastados.
Después del golpe a Honduras y del incremento de tropas yanquis en
Afganistán, el monstruo cae con sus tentáculos en abanico
sobre la siempre desguazada Haití. Nada es solidaridad, todo
es gula guerrerista y oportunismo salvaje montados en el
desplazamiento explosivo de las capas freáticas. Estados
Unidos ya no es más el gendarme arrogante y abusivo que
conociéramos; su presente –principalmente en todas sus
esferas dirigentes– ha quedado reducido a un conjunto de
mafias sin más valores y objetivos que el del frío cálculo
depredador.
Hoy se hace casi imposible no asociar el tsunami de Sri Lanka –que se
tragó 250.000 vidas– a este descuartizamiento masivo que
deja a Haití –más de 250.000 muertos y los que vendrán a
causa de las epidemias–, a merced de las tropas y las
estrategias de ocupación del Pentágono y la Casa Blanca.
Resultado inmediato: un país –Haití– a tiro de piedra de una
futura reconstrucción comandada por las empresas de rapiña
dependientes de las familias Bush, Cheney, Rumsfeld,
trilogía que opera en Yugoslavia –primero demolida en una
azuzada feroz guerra interna– y en diversos países de África.
Y, por supuesto, en Irak; controlando los principales pozos
petrolíferos, en consonancia con las líneas tendidas en
Kuwait y Arabia Saudita.
¿Acaso se podría instalar la tremenda sospecha de que la mano que mece la
cuna –el Pentágono conjuntamente con otros mercaderes de la
muerte– está detrás de esta pavorosa historia en tierra
haitiana? ¿Por qué no? Ninguna teoría sostenida por EE.UU.
respecto de los atentados contra las Torres Gemelas ha
logrado tanta credibilidad como la larga variante de
hipótesis desde las que se ha sostenido que se trató de un
auto-atentado. Es más, todos los argumentos que se usaron
para justificar la invasión a Irak –tras la caída de las
Torres– siguen desintegrándose entre políticos, ingenieros,
escritores y la opinión pública en general, tanto en EEUU
como en los países más comprometidos en su carácter de
aliados, a la hora de violar la soberanía de Irak y de la
vida misma de decenas de millones de personas.
Una sucesión de mentiras se utilizaron para entrar a saco en Irak, pero la
principal –el tiempo transcurrido ha sido lapidario gritando
la verdad– fue la del “atentado a las Torres”. Viene a
cuento repetir lo tantas veces dicho: la suma de los miles
de muertos en ese hecho repudiable está, estadísticamente, a
distancia sideral de la cantidad de víctimas que EE.UU.
provocó, en años, con sus invasiones a Granada, Panamá,
República Dominicana, Cuba, Guatemala, Afganistán,
Nicaragua, El Salvador, Vietnam, Palestina, Haití y otros,
en lo que es, sin dudas, un holocausto por goteo. Holocausto
al que, por conveniencia histórica de “los que mandan”, no
se lo llama así, en la pretensión de reservarle el primer
lugar en el podio de exterminadores únicamente a quien mucho
hizo por ganárselo, Adolfo Hitler.
“En Sri Lanka a menudo he oído hablar que el tsunami había sido causado
por explosiones submarinas detonadas por Estados Unidos, y
para así poder enviar tropas al Sureste asiático y hacerse
con el control de las economías de la región” (Naomi Klein,
“La doctrina del shock”).
En el mismo libro, página 555, en un párrafo precedente al señalado, se
lee: “En Luisiana, entre las consecuencias del Katrina, los
refugios estaban llenos por los rumores de que los diques se
habían roto y se creía que habían sido secretamente
reventados con el fin de destruir la parte negra de la
ciudad y mantener seca la blanca, tal como sugirió Louis
Farrakhan, líder de Nación of Islam”.
Bien reseñó recientemente el líder Fidel Castro, la histórica relación
vejatoria que EEUU ha establecido contra Haití. Contra su
pueblo.
En esa línea de denuncia, nadie podría negar hoy el gran esfuerzo -diplomacia
mediante- que vienen haciendo la mayoría de los gobiernos de
la región respecto del agresivo despliegue militar yanqui.
Especialmente en torno a los desplazamientos de la IV Flota
, el accionar minucioso del Comando Sur y el asentamiento de
bases militares que, entre otros objetivos destinados a toda
Latinoamérica y el Caribe, tienden a estrechar un cerco
asfixiante alrededor de la República Bolivariana de
Venezuela. Es decir: de la mayor fuente de petróleo en el
mundo, detrás de Arabia Saudita. Venezuela, donde el
presidente Hugo Chávez expresa uno de los máximos símbolos
de resistencia al imperialismo, a EE.UU., país este
relanzado a ocupar territorios, a la par que renueva –con el
grito del tero- las ya incontables “reapariciones de Bin
Laden”.
Petróleo, gas y conquista de territorios para avanzar sobre otros, son
manjares en un mundo donde los poderes concentrados hacen
suyo –y lo procuran aún más- lo que ya escasea para miles de
millones de mortales.
Por lo mismo, el terremoto en Haití y la consiguiente invasión “humanitaria”
de EE.UU., semejan una de las tantas piezas macabras que los
yanquis no han dejado de interpretar dentro y fuera de su
propio territorio, a lo largo del desarrollo
capitalista-imperialista. La última reciente “crisis
financiera”, con epicentro en Wall Street, ha hecho más
poderosa a la concentración dominante de banqueros,
estafadores y personajes del crimen organizado, y más
desesperante la vida de los llamados “ciudadanos de a pie”.
La anunciada ruptura del equilibrio ecológico, prevista
científicamente para dentro de trescientos años, apunta a
reducirse en el tiempo. Nada, pues, tiene que ver con el
catastrofismo cuando se subrayan las deducciones que
concluyen en destacar la incompatibilidad entre la expansión
capitalista-imperialista –globalización despiadada– y una
mayor seguridad y bienestar del planeta y de la vida
cotidiana de quienes lo habitamos. Una de las tantas
certezas que explican la política de EE.UU. en las actuales
circunstancias, es su conducta militarista e hipócrita en
medio de la catástrofe. En Haití la invasión yanqui, al
igual que las causas del terremoto, huele a azufre.

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